El destacado economista chileno Orlando Caputo ha venido insistiendo desde hace muchos años acerca de la necesidad de analizar el funcionamiento de la economía capitalista mundial como un todo, superando la tradición de estudiarlo en el marco de los Estados nacionales y el comercio mundial entre los mismos.
Por otra parte, Caputo tiene toda la razón al insistir que las categorías económicas básicas sólo operan como tales a nivel del mundo en su conjunto. El valor nuevo total generado en un año por el conjunto de los trabajadores que producen mercancías, por ejemplo, solo se iguala al valor del producto interno bruto (PIB) a nivel global.
Los PIB nacionales, en cambio, solo reflejan el valor nuevo producido en cada territorio de modo aproximado. Resultan distorsionados por factores como la renta de los recursos naturales. Asimismo, la diferente productividad del trabajo en industrias transables, es decir, aquellas que compiten con productos importados. También por la diferente calificación de las respectivas fuerzas de trabajo e intensidad general del trabajo, factores que afectan tanto a las industrias transables como no transables.
Todos estos factores se traducen en gigantescas transferencias de valor producido en un país hacia otros, alterando los PIB respectivos. Sin embargo, en la suma general estos efectos se anulan unos con otros.
Nunca hubo en realidad una verdadera globalización de los mercados de mercancías y mucho menos de personas. Respecto de lo segundo, basta con preguntar a los mexicanos. Al que todavía le quepan dudas respecto de lo primero, que
pregunte a los exportadores chilenos de celulosa. Éstos enfrentan hoy un subsidio de 50 por ciento del precio por tonelada a los productores estadounidenses, país con el cual Chile se ha firmado un bullado tratado de libre comercio (TLC). El
comercio mundial sigue largos ciclos de expansión y estancamiento, como el mismo Orlando Caputo viene insistiendo desde hace ya muchos años.
Los mercados auténticos, es decir, con libre circulación de dinero, mercancias y personas, fueron creados por los Estados. Éstos nacieron precisamente para barrer con las aduanas feudales que lo impedían.
Sólo han existido al interior de los espacios regulados y protegidos por los Estados, los que tuvieron que imponer no sólo cuestiones obvias, como una moneda, sino en muchos casos hasta un idioma común, en sus territorios.
El único mercado supranacional realmente existente es la Unión Europea. No es otra cosa que una asociación de países que se han puesto de acuerdo para construir instituciones estatales supranacionales que lo regulen y protejan sobre un espacio más amplio de soberanía compartida.
En el caso de los países subdesarrollados del siglo 20, que hoy conforman el llamado mundo emergente, el Estado fue el que creó asimismo las bases esenciales para el funcionamiento de los modernos mercados: principalmente, una fuerza de trabajo predominantemente urbana y en cualquier caso liberada de las ataduras de la vida campesina tradicional, razonablemente sana y educada; además de la infraestructura económica e institucional básica. Esta experiencia sin duda se repetirá en la mitad de la humanidad que todavía vive en el campo "a la antigua" y completará esta misma transición en el curso del próximo medio siglo.
La caída del socialismo inicialmente sorprendió a sus partidarios, obligándolos a reconceptualizar la economía política del mundo. Tuvieron que asumir que su lucha continuará todavía por bastante tiempo en un marco que no difiere mucho del que enfrentó Marx en su época.
Sin embargo, el impacto realmente grande de aquellos sucesos afectó a los centros capitalistas de los países desarrollados.
Tuvieron que transcurrir
exactamente trece años para que, pasada la euforia inicial, cayeran en cuenta que si bien el comunismo podrá continuar siendo un fantasma, lo que había emergido en su lugar eran competidores capitalistas de carne y hueso.
Tan formidables, que los sobrepasarán varias veces en el curso del siglo. Hoy aceptan que el balance de poderes del mundo cambiará definitivamente a lo que es hoy el mundo emergente, que ya el 2008 los ha igualado en tamaño. A ellos el futuro les depara un destino no muy diferentes al del Reino Unido en el siglo 20: declinar más o menos suavemente en el mejor de los casos, a una condición de potencias de segundo orden.
De este modo, lo que se visualiza para el siglo que se inicia es el proceso de globalización de las relaciones capitalistas de producción, que es la verdadera base de la emergencia de las naciones modernas. Sin embargo, los mercados capitalistas propiamente tales, es decir, con libre circulación plena y estable de dinero, mercancías y personas - lo último requiere como condición previa la conformación de una fuerza de trabajo urbana, educada y sana -, continuarán desenvolviéndose como tales sólo en el marco de los Estados.
En algunos casos, se lograrán construir asociaciones de Estados vecinos que los protejan y regulen en su funcionamiento pleno sobre espacios más amplios.
Los Estados nacionales y las asociaciones de Estados nacionales, ciertamente continuarán comerciando de modo creciente entre sí, siguiendo los largos ciclos de expansión y estancamiento que la crisis ha puesto una vez en evidencia.
Del mismo modo, los capitales de un espacio soberano invertirán de modo creciente en los otros, tal como lo han venido haciendo entre si las naciones de Europa y luego la Unión Europea y los EE.UU., a lo largo de un siglo y medio.
Ciertamente habrá una (cambiante) división internacional de trabajo. La misma es impuesta a veces por la propia naturaleza en el caso de los recursos naturales, pero asimismo por la diferente velocidad y estado del proceso de transición alrededor del mundo y otros motivos.
En los períodos de expansión, todo andará como sobre ruedas y se generalizará una vez más la ilusión de una globalización. Sin embargo, se continuarán generando crisis y períodos de contracción y estancamiento seculares del comercio mundial. Precisamente por el desarrollo desigual, si Brenner tiene razón. En esos momentos, los Estados y asociaciones de Estados una vez más se cerrarán al menos parcialmente, demostrando una y otra vez que los mercados sólo operan de verdad al interior de los espacios protegidos y regulados por instituciones estatales. Entre ellos compiten en cuanto tales.
Desde este punto de vista, el mercado capitalista mundial como tal todavía no existe. Aún no se construye. Continuará siendo una utopía, al menos hasta que se logre construir un Estado mundial, para lo cual falta todavía bastante.
Mientras ello no suceda, lo que continuará existiendo serán mercados capitalistas que funcionan plenamente solo en el marco de Estados y asociaciones de Estados. En tal calidad, continuarán compitiendo fieramente entre ellos.
Lamentablemente, nada impide realmente repetir las terribles consecuencias de tal competencia entre los jóvenes capitalismos Europeos del siglo 20. Si ello llegase a reproducir, el siglo 21 puede llevar aún a peores extremos.
¡Dios nos libre y nos pille confesados!