Crisis mundial - Manuel Riesco - CENDA Chile

Observaciones acerca del curso de la crisis mundial

miércoles 18 de noviembre de 2009

La madre de todos los miedos

Los privilegios son la madre de todos los miedos. Los afortunados viven asustados de perderlos. Temen que se los vengan a quitar los que carecen de ellos, que por definición son siempre muchísimos más.
El miedo es el padre de la irracionalidad. Muchas veces gatilla la agresividad cobarde. De este modo, a menudo los ricos asustados se vuelven medio fachos. En algunas tristes ocasiones, fachos completos.

Los países ricos están muertos de susto. Sufren el síndrome del Rey León, que vivía en un reino de luz y abundancia rodeado de un mundo obscuro lleno de hienas y espinas. Antes temían al espectro del comunismo. Ahora creen que los van a invadir los inmigrantes.
La cosa no pasaría a mayores si permaneciera en el ámbito de grupúsculos demenciales. En definitiva, no cuesta demasiado aislarlos y aplastarlos a tiempo, si se tiene la voluntad de hacerlo.
Se tornan peligrosos cuando el temor se extiende en la población y alcanza los círculos más cultos. Se oficializan agresiones odiosas, como el rechazo a las burkas y los minaretes. Se criminaliza a los sin papeles. Al mismo tiempo, en algunos lados las bandas fascistas se vuelven a tomarse las calles, uniformados y marchando de cinco en fondo, sin que nadie les diga nada. La sociedad baja sus defensas. Pierde la voluntad de luchar contra el virus fascista. Así lo denominó el presidente de Bosnia-Herzegovina, que sabe de que está hablando. Se sabe donde esto conduce y en lo que termina.

Le Monde, el gran diario progresista francés, publica el 16 de noviembre del 2009 un largo reportaje a un estudio de un centro de Washington D.C. llamado Population Reference Bureau y un editorial titulado "Tema tabú." Se refieren al aumento de población en los países atrasados, particularmente en África, que acaba de sobrepasar los mil millones de habitantes, según el estudio.
Uno de cada cuatro nacimientos ocurre en ese continente, que alberga hoy a uno de cada siete habitantes del mundo. En 1950 el continente tenía 225 millones de habitantes, uno de cada diez en el mundo de la época, mientras en 2050 serán uno de cada cinco. Sólo en Nigeria nacen cada años más niños (6 millones) que en toda la Unión Europea (5 millones). Es asimismo el continente más joven: 43 por ciento de la población sub-Sahariana tiene menos de 15 años.

Como dice el editorial referido, "los donantes de fondos occidentales agitan el espectro de la explosión demográfica africana, vector de emigración y terrorismo, mientras claman por control de natalidad."
Sin embargo, el propio editorial reconoce que "es difícil no ver en la demografía uno de los factores agravantes en la desnutrición." Remarca que una cuarta parte de los mil millones que sufren hambre residen en África, según denunció la cumbre alimentaria de la FAO que se celebró en esos mismos días en Roma.
Por otra parte, escribe el editorialista de Le Monde, "si la caída de la natalidad seguramente no es una condición suficiente para el desarrollo, ella aparece en todo el mundo como una tendencia concomitante con el despegue económico."
Para rematarla, el mismo diario francés encabeza su edición del 18 de noviembre con un titular a toda página que se pregunta "Limitar los nacimientos ¿un remedio al peligro climático?" bajo el cual subtitula que las Naciones Unidas llaman a tomar en cuenta la cuestión demográfica en la cumbre acerca del clima en Copenhague.

De bien poco sirve que el editorialista reclame que los donantes de fondos occidentales "deberían abandonar su egoismo y sus subvenciones agrícolas para ayudar masivamente a los campesinos africanos a alimentar a todos los niños del continente, si quieren ser más creíbles en sus llamados a controlar la natalidad."
Lo que queda de todo esto es un mensaje claro del diario francés: la natalidad desbocada de África es un tabú que debe ser abordado. Agrava la desnutrición, retrasa el desarrollo y a juicio de NN.UU. debería ser tomada en cuenta respecto del cambio climático. Con todas esas razones, no parece necesario argumentar además que puede ser un "vector de emigración y terrorismo."
Se conforma de este modo una gran coalición en que concurren desde humanitarios preocupados del hambre en el mundo, pasando por desarrollistas y ecologistas y hasta los más paranoicos enemigos de la inmigración: todos ellos deberían impulsar el control de natalidad de los prolíficos africanos.
Si esto es lo que se desprende de la lectura de Le Monde, como serán las presiones en esta dirección que ejercen los organismos internacionales de crédito y otros "donantes," sobre las autoridades políticas africanas.

Todo esto es sencillamente monstruoso. África es un continente con una densidad de población bajísima de 29,3 habitantes por km2, poco más que América que tiene 21. En comparación, Europa y Asia tienen, respectivamente, 69,7 y 86,7 habitantes por Km2. En parte, su población fue diezmada por el tráfico de esclavos, la colonización Europea y los dramáticos resultados de la aplicación en ese continente de las recetas del llamado Consenso de Washington.

Sin embargo, su crecimiento poblacional se está acelerado porque el continente se estremece en las contracciones tempranas de su transición a la modernidad. La ley de población cambia notablemente en el curso la misma. Los demógrafos han desarrollado las categorías más precisas para estimar el nivel de avance en ese proceso: los niveles de transición demográfica. Distinguen cuatro grupos de países, aquellos en transición demográfica temprana, moderada, plena y avanzada. Aplicando estas categorías a América Latina, el estudio de UNRISD "América Latina, Nace un Nuevo Modelo Desarrollista de Bienestar Social?," demostró que las mismas capturan con precisión el movimiento del conjunto de variables económicas, sociales e institucionales que definen las diferentes fases del proceso de transición en general.
No hay que olvidar nunca que este proceso se encuentra todavía en pleno curso y exactamente a medio camino a nivel global, puesto que la mitad de la población mundial continúan viviendo en el campo, "a la antigua." En el caso de Africa, dicha proporción es todavía superior al 80 por ciento en promedio, aunque varía bastante entre los distintos países.

Sin embargo, esa mitad de la humanidad está empezando su masiva migración. Más de 50 millones abandonan cada año su forma de vida secular. La mayor parte se traslada a las gigantescas mega ciudades del sur. Solamente en China, que es el único país que los contabiliza como tales, llegan desde el interior unos 12 millones por año y se han acumulado más de 140 millones. Es precisamente este fenómeno multitudinario el que está conformando el nuevo mundo del siglo 21. El resultado final del mismo es la emergencia económica, La misma que hoy experimentan los países que iniciaron su transición el siglo pasado. Entre ellos Chile.

La tasa de incremento de la población es muy lenta en las sociedades campesinas y en transición temprana, se acelera en la transición moderada y alcanza un ritmo muy rápido en las sociedades en plena transición, para caer luego bruscamente en las que alcanzan grados avanzados en este proceso. Finalmente, en los países desarrollados la población muchas veces disminuye. Menos mal que es así, puesto que en caso contrario el planeta estallaría o nos devoraríamos mutuamente.

En los términos más simples, en la vida campesina tradicional el número de hijos es sinónimo de abundancia de fuerza de trabajo y por lo tanto de riqueza. Sin embargo, la esperanza de vida es muy baja por lo cual el aumento de la población es muy lento.
Cuando empieza la migración a las ciudades, mejoran extraordinariamente sus condiciones de salubridad, nutrición y esperanza de vida. Sin embargo, en el curso de la primera generación todavía mantienen la cultura de familias numerosas. Todo ello significa que la tasa de crecimiento de la población se incrementa de modo extraordinario en ese período.
La segunda y tercera generación urbanas, en cambio, reducen bruscamente las tasas de natalidad, especialmente cuando la mujeres se incorporan masivamente a la fuerza de trabajo. Finalmente, en las sociedades modernas maduras, la tasa de crecimiento de la población es generalmente negativa. Es decir, las poblaciones se achican.

En Chile, por ejemplo, como se muestra en los cuadros anexos al estudio de CENDA "Resultado de las estrategias del Estado a lo largo de un siglo," en el medio siglo anterior a 1929, la tasa de aumento de la población era de 1,2 por ciento anual, la población era mayoritariamente campesina y la tasa de migración era casi nula, alcanzando apenas al 0,2 por ciento de la población total por año.
El censo de 1930 constata el suceso epocal que los habitantes de las ciudades por primera vez igualan en número a los campesinos. A partir de ese año, la tasa de migración a las ciudades se incrementa constantemente hasta alcanzar a mediados del siglo un máximo de 0,8 por ciento de la población total por año, ritmo que se mantiene muy elevado hasta fines de los años 1970. Sin embargo, cae fuertemente en las décadas siguientes, hasta volver a un 0,2 por ciento de la población total por año en la actualidad. En el curso de todo este período, la proporción de campesinos en la población total disminuyó de 50 por ciento a poco más de 10 por ciento en la actualidad.
En paralelo con el proceso anterior, la tasa de crecimiento de la población aumenta de 1,2 por ciento anual en el medio siglo anterior a 1930, hasta alcanzar un máximo de 2,1 por ciento anual a mediados de siglo, que se mantiene en niveles parecidos hasta fines de los años 1970, para luego caer bruscamente hasta volver al 1,2 por ciento anual que se registra hoy día.

En otras palabras, en la misma medida que el continente africano se encuentra actualmente iniciando una transición similar a la que Chile llevó a cabo el siglo pasado, su tasa de incremento poblacional está hoy aumentando, pero luego caerá sucesivamente hasta alcanzar a mediados de siglo niveles similares a los de Chile hoy, que es precisamente lo que constata el estudio publicado por Le Monde.

Europa occidental realizó la misma transición a lo largo del siglo 18 y 19, principalmente. Todavía en la primera mitad del siglo 20, una proporción elevada de los franceses, por ejemplo, vivía en el campo y los migrantes que llegaban a París eran ridiculizados como "manos que perdió la agricultura." Una enorme marea emigró desde Europa por esos años, principalmente hacia América. Venían escapando de las hambrunas y guerras. Cuando no de los pogromos y el holocausto que los europeos desataron contra lo mejor de su propia población. Sin embargo, en aquella época a nadie se le ocurrió obligarlos a reducir su natalidad para frenar la marea.

Por acá fueron bien recibidos. Aunque la abrumadora mayoría no llegaban con títulos universitarios debajo del brazo ni hablando el idioma oficial. Nadie los discriminó ni persiguió mayormente. Se les permitió mantener sus costumbres y cultura, que enriquecieron la de los países adonde llegaron. En el caso de Argentina, por ejemplo, al despuntar el siglo 20 cada año llegaban más de medio millón de inmigrantes, principalmente europeos. Eso representaba una cuarta parte de la población total del país, que por ese entonces era de unos dos millones.

El millón setecientos mil que llega hoy a la UE desde afuera representa el 0,34 por ciento (la tercera parte de uno por ciento), de la población de la UE, que alcanza hoy a casi 500 millones. Los poderosos gobiernos y cultas poblaciones de los 27 países de la UE tienen que lidiar cada año con un número de inmigrantes que es apenas un octavo de los que llegan a las ciudades de China en el mismo período. Ciertamente, la ciudad de Lagos en Nigeria recibe mucho más inmigrantes al año que varios países de la UE juntos.
Adicionalmente, hay que considerar que llegan a Europa a trabajar en los oficios más duros y a compensar el envejecimiento de la población local. Es decir, a preparar sus alimentos, retirar su basura y financiar sus pensiones. Ahora, en agradecimiento, presas de sus miedos irracionales, quieren intervenir artificialmente en su ley de población para cortar la inmigración de raiz ¡Es como mucho!

El proceso de transición en Europa fue espontáneo en buena medida. En cambio, en los países que iniciaron este proceso durante el siglo 20, fue el Estado desarrollista el que lo condujo y estimuló.
En Chile, por ejemplo, el Estado creó extensos sistemas de educación y salud, precisamente para transformar al campesinado en una fuerza de trabajo moderna. Además de realizar una profunda reforma agraria que terminó con las viejas estructuras señoriales. Aparte de construir toda la infraestructura económica e institucional del país.
La misma experiencia surgió en todo el mundo subdesarrollado del siglo 20, bajo las formas e inspiraciones más diversas. En todas partes, el Estado se propuso y logró llevar el progreso económico y social a sociedades muy atrasadas.
El Estado desarrollista fue la clave para que este proceso cursara de la forma más rápida y menos dolorosa posible. Si quieren de verdad ayudar a los africanos, europeos y estadounidenses deberían ordenar al Banco Mundial que en lugar de desmantelar los Estados africanos, como lo ha venido haciendo, se dedicara a fortalecerlos.

Cuando el Estado desarrollista completó su labor, creando la base esencial del mercado moderno, que no es otra que una fuerza de trabajo urbana razonablemente sana y educada, él mismo dio un giro e impulsó en todas partes el mercado. El resultado ha sido la espectacular emergencia económica de los países que ayer eran subdesarrollados. Según algunas medidas, ya han sobrepasado a los desarrollados. Según todas las estimaciones, serán los más importantes hacia mediados de siglo. Lamentablemente, al dar ese giro bajo la influencia neoliberal, algunos países destruyeron parte de lo que ellos mismos habían construido antes. Felizmente fueron pocos. Trágicamente, Chile fue uno de ellos.

En África la transición seguirá cursos inéditos, pero su esencia y resultados serán los mismos. Será un proceso duro, todos lo han sido y los primeros fueron los peores. La modernidad "ha venido al mundo chorreando sangre y lodo por todos los poros, de los pies a la cabeza," como escribiera Marx aludiendo a la transición inglesa. Sin embargo, no habrá ninguna catástrofe de ningún tipo.

Al final, África emergerá orgullosa con una gran potencia moderna del siglo 21. Resulta casi irónico que el continente donde se originó la vida humana vaya a ser el último en alcanzarlo. Sin embargo, eso es precisamente lo que hoy se está gestando allí.

Merece respeto.

El pronóstico de Roubini

Nouriel Roubini aparece un poquito 'chanta.' Hace declaraciones bombásticas. Se las da de estrella. Le ha sacado el jugo y a estas alturas probablemente es millonario. Más encima, según malas lenguas envidiosas, le resulta revolverla. Puede que otros economistas sean bastante más creíbles y hayan hecho aportes más interesantes. Sin embargo, nadie niega que hasta ahora le ha achuntado medio a medio. No será Keynes, pero no cabe duda: Roubini es el hombre de la crisis.

En un artículo publicado en el Financial Times, el 1 de noviembre del 2009, Roubini ha denunciado que a nivel global se está formando "la madre de todos los acarreos y la madre de todas las burbujas de activos infladas con crédito."

En inglés lo llaman "carry trade." Consiste en pedir prestado en un país con tasas de interés reales bajas e invertir en cualquier otro lado que tenga mayores rendimientos.
La clave son los tipos de cambio, puesto que si la moneda del país en que se pide el préstamo se devalúa con respecto a la del país donde se hizo la inversión, ello significa que la deuda se achica y las ganancias se agrandan.
La gracia del gambito es que si estas operaciones son masivas con respecto a las economías afectadas, pueden ellas mismas contribuir a la devaluación de la moneda en que se pide prestado y al revés, revaluar la del país en que se realizan las inversiones.
En otras palabras, si las economías son relativamente pequeñas, el 'acarreo' puede incrementar en su favor su propia diferencia de tasas reales.

Hay otra consecuencia importante, que parece contrariar la lógica. El sentido común indica que las monedas de países con tasas de interés bajas deberían depreciarse porque los capitales tenderían a salir. Al contrario, aquellas donde las tasas de interés son elevadas deberían revaluarse por el mismo motivo.
Sin embargo, la denominada "teoría de paridad de interés no cubierto" demuestra de modo bastante convincente que en definitiva ocurre exactamente lo contrario. En otras palabras, debido a la reversión del 'acarreo,' las monedas de países con tasas de interés bajas deberían a la larga revaluarse. Al revés, aquellas con tasas de interés elevadas deberían terminar devaluadas. Según esta teoría, las tasas de interés elevadas en realidad compensan la expectativa de depreciación de la moneda en estos últimos.
De este modo, los que ingresaron dinero a países con tasas elevadas al final verán que el valor de sus inversiones termina por el suelo. Puesto que lo contrario ocurre donde pidieron prestado el dinero, resultan trasquilados.
Esta teoría demuestra que el 'acarreo,' como todos los gambitos especulativos, funciona sólo hasta que revienta.

Roubini hace notar el boom que vienen experimentando los precios de todo tipo de activos riesgosos alrededor del mundo desde marzo pasado, al mismo tiempo que el dólar se ha venido depreciando fuertemente. Menciona los precios del petróleo, energía y los llamados 'commodities', así como la menor diferencia entre los rendimientos de bonos riesgosos y aquellos que son más seguros.
Especialmente, el boom en los precios de acciones y las monedas de países emergentes. Como se ha venido denunciando en estas notas, Chile se lleva las palmas en la materia, tanto por el cobre, que ciertamente es la estrella entre las materias primas, como por las acciones y el peso.

Roubini argumenta que en parte el alza se debe al término de la recesión en casi todos los países. Sin embargo - dice - no hay ninguna relación entre lo modesto de la recuperación económica y el frenesí de los precios de activos emergentes.
En parte - comenta - se debe a la masiva inyección de dinero por parte de la Reserva Federal y los bancos centrales en general, parte de la cual termina en especulación con activos de todo tipo.
Sin embargo - en su opinión - lo decisivo es la caída del dólar. Sumado a las tasas nominales cercanas a cero en los EE.UU., ha significado tasas de interés reales negativas de -10 y hasta -20 por ciento anual, para quiénes piden prestado en esa moneda en ese país.

Por cierto - afirma Roubini - el dólar va a tener que dejar de caer en algún momento. Ello va a provocar el efecto exactamente opuesto.: un derrumbe monumental en los precios de activos, especialmente en los países emergentes, similar al experimentado el 2008. Según él, las consecuencias serán catastróficas.

¡Toma nota Willy!


sábado 14 de noviembre de 2009

Los pasamos

Según las estimaciones del FMI, el producto interno bruto (PIB) de los países emergentes alcanzó en 2009 a 34,5 billones de dólares, superando a los desarrollados que este mismo año alcanzaron un PIB de 34,3 billones. Las mediciones son en dólares internacionales, es decir, ajustados por poder de compra (ppp).
Según la misma estimación, ya el 2007 los llamados BRIC (Brasil-Rusia-India y China) habían superado a los EE.UU. Ello se muestra en el gráfico adjunto, publicado por La Tercera, el 8 de noviembre 2009, pp 48-49.

Los datos se basan en un reciente informe de John Hawksworth, Jefe de Macroeconomía de PricewaterhouseCoopers, titulado "El mundo en 2050: ¿Cuan grandes serán las economías emergentes y como puede competir la OCDE?


La economía socialista veinte años después

Al caer el muro aparecieron los BRIC. Aunque suena parecido a ladrillo en inglés, la sigla representa a Brasil, Rusia, India y China.
Los primeros en darse cuenta fueron los banqueros. Rapidamente cayeron en cuenta que podían ganar mucho dinero. Vienen soñando con BRIC desde el 2003, cuando Jim O'Neill, jefe de estudios del banco de inversiones Goldman-Sachs, publicó su famoso trabajo, que lleva ese título. Estimó que hacia mediados del siglo, de las cinco economías mayores del mundo, cuatro iban a ser los BRIC.

De este modo, puede que el comunismo continúe siendo un fantasma, pero en su lugar han aparecido formidables competidores capitalistas de carne y hueso.
El giro fue más o menos doloroso, dependiendo de los países. Al que le fue mejor fue a Polonia. Tras el derrumbe del muro su economía cayó apenas un 10 por ciento, hacia 1993 se había recuperado y al 2007 era el doble de grande que en 1990. Fue la única economía ex-socialista que no cayó durante la reciente crisis.
Eslovaquia cayó inicialmente un 20 por ciento, se recuperó en 1996 y al 2007 estaba un 80 por ciento por encima de 1990. La crisis lo afectó significativamente, reduciendo esta última ventaja a un 70 por ciento.
Hungría y la República Checa cayeron inicialmente un 20 por ciento y no se recuperaron hasta 1996 y 1997, respectivamente. Antes de la crisis habían superado en un 40 por ciento el producto interno bruto (PIB) de 1990, antes de caer más moderadamente.
Hasta el momento.
Estonia, Lituania y Letonia, los llamados tigres del Báltico, cayeron inicialmente un 30 por ciento el primero y más de un 40 por ciento los otros dos. La recuperación del primero no llegó sino hasta el 2000 y al 2007 su economía se encontraba un 70 por ciento arriba de 1990, ventaja que se redujo a un 40 por ciento con la crisis. Los otros tigres se recuperaron solo el 2005 y luego de subir el 2007 hasta un 20 por encima de 1990, la crisis los volvió a su nivel de 1990.
Rusia y Bulgaria están en una situación parecida, es decir, también cayeron un 4o por ciento, no se recuperaron hasta después del 2006 y la crisis los volvió a la situación de 1990. Es decir, no han avanzado nada en veinte años.
Rumania está hoy apenas un 10 por ciento por encima de 1990. El huevo de oro se lo lleva Ucrania: cayó inicialmente un 60 por ciento, nunca ha recuperado el nivel de 1990 y con la crisis, hoy se encuentra un 40 por ciento por debajo de 1990.
La evolución del PIB de cada uno de estos países se presenta en los gráficos adjuntos, presentados por Martin Wolf en el Financial Times del 10 de noviembre del 2009.

Claramente, la influencia Neoliberal en estas transiciones fue nefasta. Al igual que en Chile, cuya evolución en la década posterior al golpe militar se aprecia en el gráfico al final.
Como escribe Eric Hobsbawm en una lúcida revisión reciente de este asunto, los ex países socialistas de Asia parecen haber hecho una transición mucho menos destructiva.






martes 10 de noviembre de 2009

1989

Hace exactamente 20 años caía el muro de Berlín. Meses después, del socialismo real no quedaba nada, o casi nada.
Nadie podía imaginar en ese momento lo que deparaban las dos décadas siguientes. La idea que la humanidad tenía acerca de la época que vivía simplemente no era capaz de comprender lo que estaba por ocurrir. Los cambios han sido tan increíbles que todavía resulta difícil asumirlos. Ha sido necesario reconstruir por completo la idea acerca del mundo de hoy, de modo coherente con la visión anterior pero que al mismo tiempo de cuenta de lo ocurrido. Nada de fácil.

De 1989 no ha escapado nadie. El comunismo ha vuelto a ser el fantasma de antes de la Gran Revolución Rusa. Sus partidarios han debido resignarse a continuar su lucha en condiciones parecidas a las que existían en tiempos de Marx y Recabarren. Es decir, sin la luminosa esperanza que el socialismo era ya una realidad y la revolución mundial se encontraba al alcance de la mano.
Sin embargo, pueden enorgullecerse de haber sido la fuerza progresista más relevante del siglo 20. No sólo por su papel decisivo en la victoriosa lucha antifascista, que salvó a la humanidad de la aniquilación.
Después de 1989, deben sentirse orgullosos también por haber inspirado y encabezado varias de las mayores revoluciones y los Estados desarrollistas más avanzados del siglo. Unas y otros prohijaron las más potentes emergencias de hoy.

Sus adversarios en las grandes potencias occidentales vivieron su minuto de euforia. Visualizaron el fin de la historia ¡Capitalismo forever!
Tardaron más de una década en caer en cuenta. Tras el velo del fantasma emergieron competidores capitalistas de carne y hueso. Tan formidables que, junto a otros que emergen por doquier, les acaban de dar alcance el 2009. Hoy se dan cuenta que, en el mejor de los casos, les espera una larga y melancólica decadencia hacia su inevitable destino de potencias de segundo orden. Algo así como lo que sucedió a la arrogante Albión decimonónica, reducida a la modesta Gran Bretaña de fines del siglo 20. No resulta fácil hacerse a la idea.

Para más remate se les viene encima la crisis mundial. La Grande, como la llamó Krugman. Lleva diez años y nadie sabe cuanto le falta. Sus consecuencias se extenderán a lo largo de medio siglo, igual que tras la otra Grande.
Algunas ya están claras. Afectarán a todos.
Los banqueros mundiales se creen a salvo y tratan de volver por sus fueros. Se equivocan medio a medio. Se encuentran muy debilitados. La factura de sus excesos tarda pero llega.
Muerta la perra se acaba la leva ¡Le Laissez faire cést fini! El perverso anarquismo burgués floreció durante treinta años guarecido en sus faldones. Ahora les espera una larga travesía del desierto.

El Estado vuelve por sus fueros. Ha rescatado a los amos del universo que promovían su desaparición. Bajo su regulación y protección la industria y el trabajo honrado recuperan el sitial que nunca debieron perder. Los de arriba deberán vivir un poco menos escandalosamente. Los de abajo podrán pasarla un poco menos mal.
Todos recuerdan ahora que los modernos mercados fueron creados por los modernos Estados, que barrieron las viejas aduanas feudales cuando ambos nacieron juntos durante el siglo 19. El mercado mundial es una utopía antes que se conforme un Estado mundial. La globalización solo funcionó para los banqueros. La libre circulación estable de dinero, mercancías y personas solo es posible en espacios protegidos y regulados por los Estados. O en espacios más amplios de soberanía compartida entre varios Estados.

Esta gran lección de la crisis ayuda a aclarar a todo el mundo la conclusión más asombrosa de 1989: Alrededor de todo el mundo subdesarrollado del siglo 20, fueron los Estados desarrollistas, de muchas formas e inspirados en las más diversas ideologías, quienes crearon allí las bases más esenciales del mercado. Las mismas que en la vieja Europa habían surgido más espontáneamente un siglo antes.
Principalmente, la transformación de los campesinos en una fuerza de trabajo predominantemente urbana y en cualquier caso liberada de las ataduras agrarias tradicionales, razonablemente sana y educada; aparte de construir la infraestructura económica e institucional.
Lo que demostró 1989 es que una vez creadas estas bases y sólo entonces, resultó imposible impedir el surgimiento potente de las relaciones capitalistas de producción. Por más empeño que se le puso. Flamantes burguesías emergieron incluso allí donde no existían, en parte de las mafias, pero principalmente de la burocracia, es decir, del partido.
Al final, 1989 fue esencialmente eso: la capitulación de parte de las elites de los países socialistas frente a la inminencia de dicho giro inevitable. Estos regímenes simplemente se disolvieron. Fueron revoluciones por arriba, desde adentro. En las celebraciones de aniversario los han pretendido presentar como el fruto de la lucha popular y la sagacidad de los EE.UU.. Poco de eso es cierto. Más verdadero es que se debe a lo que el propio Walesa ha denominado "la debilidad de Gorbachev."

Mientras más ordenado el giro del Estado desarrollista al mercado, mejor. Se conmemoran asimismo 20 años de los luctuosos sucesos de la Plaza Tian'anmen, en China. Sin embargo, hoy día pocos dudan que la conducción del giro al mercado por parte del Partido Comunista de China ha resultado hasta el momento el ejemplo más exitoso y en definitiva el menos doloroso y destructivo. No resulta fácil conducir un proceso en el cual, entre otras cosas, cada año llegan a las ciudades de China doce millones de inmigrantes del interior. Ocho veces más que todos los que llegan del exterior a la Comunidad Europea. Por el mismo motivo, los Estados desarrollistas no se distinguieron por sus métodos democráticos, salvo contadas excepciones como la chilena.

Todo lo anterior es un excelente ejemplo para la mitad de la humanidad que continúa siendo campesina y todavía tiene por delante todo este doloroso tránsito. Lo cual nos lleva a la lección definitiva de 1989: Lejos de estar en su fase terminal, el capitalismo está recién en su adolescencia a nivel global. Vivimos todavía el proceso de acumulación originaria del capital, que a nivel global se encuentra exactamente a medio camino.

Ello resulta de miedo. Todos sabemos los horrores que fue capaz la vieja Europa en esta precisa fase de su desarrollo. Con la diferencia que ahora los protagonistas son diez veces más grandes y varios poseen bombas atómicas.
De todos nosotros depende que logremos inocularnos la vacuna de la razón y la sensatez política, que son la única vacuna contra el virus maldito que nos conduce al suicidio colectivo. A raiz de la crisis, nuevamente está mostrando las orejas.


domingo 8 de noviembre de 2009

¿Existe el mercado mundial?

El destacado economista chileno Orlando Caputo ha venido insistiendo desde hace muchos años acerca de la necesidad de analizar el funcionamiento de la economía capitalista mundial como un todo, superando la tradición de estudiarlo en el marco de los Estados nacionales y el comercio mundial entre los mismos.

La crisis mundial le ha dado la razón al poner una vez más de manifiesto la estrecha interrelación de la economía mundial. Por ejemplo, la teoría promovida por los operadores financieros acerca del desacople de los mercados emergentes, cayó en bancarrota a los pocos meses de haber sido formulada. Todo hace presagiar que pronto será rematada en el suelo al reventar la nueva burbuja especulativa que se venido formando en los mercados y monedas emergentes en el curso del 2009.

Por otra parte, Caputo tiene toda la razón al insistir que las categorías económicas básicas sólo operan como tales a nivel del mundo en su conjunto. El valor nuevo total generado en un año por el conjunto de los trabajadores que producen mercancías, por ejemplo, solo se iguala al valor del producto interno bruto (PIB) a nivel global.
Los PIB nacionales, en cambio, solo reflejan el valor nuevo producido en cada territorio de modo aproximado. Resultan distorsionados por factores como la renta de los recursos naturales. Asimismo, la diferente productividad del trabajo en industrias transables, es decir, aquellas que compiten con productos importados. También por la diferente calificación de las respectivas fuerzas de trabajo e intensidad general del trabajo, factores que afectan tanto a las industrias transables como no transables.
Todos estos factores se traducen en gigantescas transferencias de valor producido en un país hacia otros, alterando los PIB respectivos. Sin embargo, en la suma general estos efectos se anulan unos con otros.

Por otra parte, sin embargo, la crisis ha desnudado la utopía de la globalización, la cual en definitiva sólo ha funcionado para el capital financiero. En brazos de las ideas de los anarquistas profesores neoliberales por ellos promovidos a los más altos cargos, logró imponer a casi todos los Estados el sueño de los banqueros: especular alrededor de todo el mundo sin traba alguna.

Nunca hubo en realidad una verdadera globalización de los mercados de mercancías y mucho menos de personas. Respecto de lo segundo, basta con preguntar a los mexicanos. Al que todavía le quepan dudas respecto de lo primero, que pregunte a los exportadores chilenos de celulosa. Éstos enfrentan hoy un subsidio de 50 por ciento del precio por tonelada a los productores estadounidenses, país con el cual Chile se ha firmado un bullado tratado de libre comercio (TLC). El comercio mundial sigue largos ciclos de expansión y estancamiento, como el mismo Orlando Caputo viene insistiendo desde hace ya muchos años.

La crisis ha repuesto de un mazazo en la mente de todos la unidad que ha existido entre los modernos Estados y mercados, desde el nacimiento simultáneo de ambos durante el siglo 19.
Los mercados auténticos, es decir, con libre circulación de dinero, mercancias y personas, fueron creados por los Estados. Éstos nacieron precisamente para barrer con las aduanas feudales que lo impedían.
Sólo han existido al interior de los espacios regulados y protegidos por los Estados, los que tuvieron que imponer no sólo cuestiones obvias, como una moneda, sino en muchos casos hasta un idioma común, en sus territorios.
El único mercado supranacional realmente existente es la Unión Europea. No es otra cosa que una asociación de países que se han puesto de acuerdo para construir instituciones estatales supranacionales que lo regulen y protejan sobre un espacio más amplio de soberanía compartida.

En el caso de los países subdesarrollados del siglo 20, que hoy conforman el llamado mundo emergente, el Estado fue el que creó asimismo las bases esenciales para el funcionamiento de los modernos mercados: principalmente, una fuerza de trabajo predominantemente urbana y en cualquier caso liberada de las ataduras de la vida campesina tradicional, razonablemente sana y educada; además de la infraestructura económica e institucional básica. Esta experiencia sin duda se repetirá en la mitad de la humanidad que todavía vive en el campo "a la antigua" y completará esta misma transición en el curso del próximo medio siglo.

La caída del socialismo inicialmente sorprendió a sus partidarios, obligándolos a reconceptualizar la economía política del mundo. Tuvieron que asumir que su lucha continuará todavía por bastante tiempo en un marco que no difiere mucho del que enfrentó Marx en su época.
Sin embargo, el impacto realmente grande de aquellos sucesos afectó a los centros capitalistas de los países desarrollados.
Tuvieron que transcurrir exactamente trece años para que, pasada la euforia inicial, cayeran en cuenta que si bien el comunismo podrá continuar siendo un fantasma, lo que había emergido en su lugar eran competidores capitalistas de carne y hueso.
Tan formidables, que los sobrepasarán varias veces en el curso del siglo. Hoy aceptan que el balance de poderes del mundo cambiará definitivamente a lo que es hoy el mundo emergente, que ya el 2008 los ha igualado en tamaño. A ellos el futuro les depara un destino no muy diferentes al del Reino Unido en el siglo 20: declinar más o menos suavemente en el mejor de los casos, a una condición de potencias de segundo orden.

De este modo, lo que se visualiza para el siglo que se inicia es el proceso de globalización de las relaciones capitalistas de producción, que es la verdadera base de la emergencia de las naciones modernas. Sin embargo, los mercados capitalistas propiamente tales, es decir, con libre circulación plena y estable de dinero, mercancías y personas - lo último requiere como condición previa la conformación de una fuerza de trabajo urbana, educada y sana -, continuarán desenvolviéndose como tales sólo en el marco de los Estados.
En algunos casos, se lograrán construir asociaciones de Estados vecinos que los protejan y regulen en su funcionamiento pleno sobre espacios más amplios.

Los Estados nacionales y las asociaciones de Estados nacionales, ciertamente continuarán comerciando de modo creciente entre sí, siguiendo los largos ciclos de expansión y estancamiento que la crisis ha puesto una vez en evidencia.
Del mismo modo, los capitales de un espacio soberano invertirán de modo creciente en los otros, tal como lo han venido haciendo entre si las naciones de Europa y luego la Unión Europea y los EE.UU., a lo largo de un siglo y medio.
Ciertamente habrá una (cambiante) división internacional de trabajo. La misma es impuesta a veces por la propia naturaleza en el caso de los recursos naturales, pero asimismo por la diferente velocidad y estado del proceso de transición alrededor del mundo y otros motivos.

En los períodos de expansión, todo andará como sobre ruedas y se generalizará una vez más la ilusión de una globalización. Sin embargo, se continuarán generando crisis y períodos de contracción y estancamiento seculares del comercio mundial. Precisamente por el desarrollo desigual, si Brenner tiene razón. En esos momentos, los Estados y asociaciones de Estados una vez más se cerrarán al menos parcialmente, demostrando una y otra vez que los mercados sólo operan de verdad al interior de los espacios protegidos y regulados por instituciones estatales. Entre ellos compiten en cuanto tales.

Desde este punto de vista, el mercado capitalista mundial como tal todavía no existe. Aún no se construye. Continuará siendo una utopía, al menos hasta que se logre construir un Estado mundial, para lo cual falta todavía bastante.

Mientras ello no suceda, lo que continuará existiendo serán mercados capitalistas que funcionan plenamente solo en el marco de Estados y asociaciones de Estados. En tal calidad, continuarán compitiendo fieramente entre ellos.

Lamentablemente, nada impide realmente repetir las terribles consecuencias de tal competencia entre los jóvenes capitalismos Europeos del siglo 20. Si ello llegase a reproducir, el siglo 21 puede llevar aún a peores extremos.

¡Dios nos libre y nos pille confesados!

sábado 7 de noviembre de 2009

Nobleza obliga: Respuesta a Orlando Caputo

Orlando Caputo, uno de los más importantes economistas chilenos y muy querido y respetado amigo de este autor, acaba de distinguirlo con el honor de dirigirle con nombre y apellido una nota polémica en la cual expone su visión acerca del carácter de la actual crisis. Naturalmente, para agradecer su gentileza corresponde referirse a ella, a lo muy menos.
"La mayoría de los economistas - escribe Orlando -, incluyendo algunos Premios Nóbel, la caracterizan [como una crisis financiera]. Para nosotros, la crisis estalla como crisis financiera. Pero la explicación de la crisis no puede quedarse en la descripción de cómo se presenta este acontecimiento. Se debe ir a las causas fundamentales que explican las últimas crisis del capitalismo, y en términos muy concretos, las causas de la actual crisis."
El autor de estas notas concuerda con esta afirmación de Caputo en todos sus términos. Es más, ha argumentado exactamente lo mismo en forma reiterada. Particularmente, a fines del 2008 publicó en este diario (blog) una serie de varias notas etiquetadas "Navidad en Crisis" en las cuales intenta pasar revista somera a lo que la teoría ha aportado hasta el momento respecto de éstos, los más reveladores momentos en el movimiento de la economía capitalista. Dos de ellas están dedicadas precisamente a argumentar que si bien generalmente empiezan por ahí, las causas de las crisis no se encuentran ni en la esfera financiera ni en la especulación.
Por este motivo, aunque este autor comparte con Orlando el disfrute de una buena polémica teórica, me temo que no puede hacerse cargo de haber "insistido en varios eventos y en sus publicaciones, en caracterizar la crisis actual, como crisis financiera," como afirma en su columna.
Ello sin perjuicio, naturalmente, de estudiar a fondo las proporciones sin precedentes y novedosas formas de la inmensa crisis financiera que se ha desatado en el curso de la actual crisis mundial y que Paul Krugman ha explicado de modo magistral en su reciente visita a Chile.

En estas notas se ha argumentado que las causas de las crisis capitalistas no se encuentran tampoco en el subconsumo de la población ni en la sobreproducción de las empresas, aunque ambos fenómenos también se presentan de uno u otro modo en todas las crisis.
Al respecto, se ha llamado la atención en estas notas acerca del notable estudio que ha mostrado como la concentración del ingreso en una ínfima minoría inmensamente rica alcanzó proporciones sin precedentes precisamente en la víspera de las grandes crisis seculares de 1929 y 2000.
Por otra parte, se ha estudiado el movimiento de los inventarios en el curso de la fase actual de la crisis.

Asimismo, siguiendo precisamente a Orlando Caputo, se ha destacado con toda justicia el gigantesco aporte de Keynes, el gran teórico del papel del Estado en las crisis, asunto que Marx no trata en parte alguna, aparte del tema monetario.

En lo fundamental, se ha insistido una y otra vez que el gran descubrimiento de Marx al respecto consiste en identificar la causa de las crisis capitalistas y su recurrencia cíclica en el movimiento de la tasa de ganancia.
Se ha hecho notar como ello fluye en forma casi trivial de su inmensa obra de reconstruir oda la teoría económica basada de manera consecuente en la teoría del valor de los clásicos.

Por otra parte, se ha hecho justicia el aporte de Walter Bagehot, banquero londinense que expuso magistralmente el rol de la política monetaria durante las crisis, en su obra Lombard Street, publicada en 1873, el mismo año que el Libro Primero de El Capital, donde es tratada en los mismos términos. Los desarrollos de Friedman al respecto no hacen sino profundizar en la idea de Bagehoot que durante las crisis se interrumpe la cadena de créditos y por lo tanto es necesario inundar el sistema con liquidez monetaria.

De este modo, el mecanismo interno que provoca las crisis cíclicas y el papel del crédito en las mismas quedó más o menos dilucidado hace casi un siglo y medio. Marx murió en 1883, diez años después de desatada la que se conoció como La Gran Crisis de 1872 y que inició la primera depresión secular, que se extendió a lo largo de varios ciclos hasta 1896. Sin embargo, solamente en 1925 Kondratiev postuló que dicha crisis correspondía a lo que denominó una crisis "onda larga," y predijo con exactitud la Gran Depresión de 1929.
Robert Brenner parece haber dado con la clave de los ciclos largos, en su libro "Turbulencias en la economía mundial," publicado en Chile por CENDA y Revista Encuentro XXI en 1998. Allí demuestra que la depresión secular iniciada en 1969 se origina en la caída tendencial de la tasa de ganancia en la manufactura estadounidense debido a la competencia del entonces emergente Japón y la reemergente Alemania.
En el prólogo a la reciente edición española del mismo libro, Brenner demuestra que tras una breve interrupción en los años 1980, la caída de la tasa de ganancia en la manufactura estadounidense continúa y se agrava hasta el 2007, debido a la sucesiva emergencia de los tigres asiáticos encabezados por Corea y luego China y otras potencias.
Lo notable de la explicación de Brenner es que rescata el fenómeno del desarrollo capitalista desigual en un mundo al que le queda emergencia para rato, puesto que todavía la mitad de la población mundial siguen siendo campesinos tradicionales en acelerado proceso de migración a las ciudades.

Brenner descubre que no hay caída general de la tasa de ganancia en los EE.UU., sino que sólo en la manufactura, la que es compensada por las ganancias del sector servicios y especialmente por las infladas ganancias del sector financiero. De este modo, como se ha argumentado en estas notas, para explicarse las causas de crisis hay que observar lo ocurrido con la General Motors.
Ello puede explicar la aparente contradicción con lo afirmado por Orlando Caputo, quién argumenta en su nota que la crisis actual se debe no a la caída en la tasa de ganancia sino por el contrario a su extraordinario aumento general, lo que puede resultar compatible con lo observado por Brenner.

Cabe mencionar asimismo que la tasa de ganancia reportada por las empresas en su conjunto, incluyendo las financieras, siempre alcanza su máximo justo antes de despeñarse la crisis. Ello en parte es una ilusión contable por el retraso de los balances, pero por otra parte corresponde a la locura de especulación generalizada que siempre se desata en esos momentos y que como ya anotaba Marx, intenta justamente sobreponerse a la caída de la tasa de ganancia industrial.

Orlando afirma que la contradicción principal que se agita detrás la actual crisis es la que han exacerbado los capitales transnacionales que han multiplican sus ganancias a costa de los trabajadores a los cuales han sobre explotado con particular saña en años recientes y la renta de los recursos naturales de los cuales se han apropiado.
La contradicción entre el capital industrial y el capital financiero no es apreciada como relevante por Orlando, quién incluso afirma que el primero ha tenido tantas ganancias que se ha transformado en acreedor neto del segundo.
Las cifras que reiteradamente han venido publicando los principales medios financieros no avalan esta visión de Orlando. Muy por el contrario, muestran a las claras el inmenso y distorsionado crecimiento del sector financiero mundial. Asimismo, como el auge de los banqueros ha ido de la mano con el del Neoliberalismo, cuyo resucitamiento y ascenso al cielo han venido apadrinando globalmente desde los tiempos Reagan y Thatcher. Del mismo modo, como ambos cayeron simultaneamente en bancarrota.

De las afirmaciones de Orlando a veces pareciera inferirse la insinuación que quiénes hacen notar dicha contradicción estarían esquivando el conflicto social y político de clase contra clase, en beneficio de un camino de reformas que impulsadas por amplios frentes que aíslen a la fracción financiera del capital y sus voceros con toga académica y tecnocrática, así como sus representantes políticos
Por cierto tiene razón en lo segundo, en cuanto a que este autor juntos a muchos ha insistido una y otra vez precisamente en la necesidad de establecer en el poder nuevo bloque con la amplitud, fuerza y decisión requeridas para emprender el profundo giro que se hace necesario, apartándose del modelo Neoliberal hoy en bancarrota.
Parece del todo evidente la conveniencia de aprovechar al máximo el debilitamiento del sector financiero durante la crisis actual. Aunque más no fuera para terminar con las el abuso de las AFP como hizo a Presidenta Cristina Fernández de Kirchner en Argentina.
Mucho más allá de ello, sin embargo, para impulsar el restablecimiento pleno del rol del Estado en la economía, reconstruir los servicios públicos y el servicio civil mismo, desmantelados por el Neoliberalismo, reponer la plena soberanía y una adecuada regulación sobre los recursos naturales, así como los mercados en general, impulsar con fuerza el mercado interno y consecuentemente una fuerte redistribución del ingreso, la reindustrialización del país y la construcción con nuestros vecinos de instituciones Estatales supranacionales que regulen y protejan la libre circulación de dinero, mercancías y personas sobre un espacio latinoamericano integrado de dimensiones adecuadas al siglo 21.
Todo ello parece muy razonable. Ciertamente no parecería atinado que alguien perdiera de vista las condiciones que la crisis abre al respecto por las razones señaladas. Este autor coincide también en esta materia con Orlando Caputo, puesto que el programa expuesto es precisamente el que propone al país en estas materias nuestro común candidato presidencial, Jorge Arrate.
Del mismo modo, la insinuación que ello implicaría el olvido del conflicto social más de fondo sería ciertamente gratuita.


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